Camino de locos a Santiago
DURMIENDO ENTRE GENTE RARA
Adelardo fue el primero en acomodarse. Extendió el
saco de dormir sobre la colchoneta de la cama, pues en los albergues no existen
sábanas; descorrió la cremallera del saco y forró la almohada
con la funda color sepia que se había traído de casa. Dejó
la mochila a un lado de la cama, perfectamente colocada para que nadie tropezase,
que Adelardo era muy mañoso y educado; se dio una ducha placentera y
salió a la calle en busca de un barecito para cenar.
A Adelardo le impresionó favorablemente el albergue, ubicado en el mismo
lugar que ocupó el antiguo hospital de peregrinos. El hombrecillo del
chiclón reciente era un enamorado de la historia. Mientras esperaba a
que le sirviesen la cena, aprovechó para consultar sus fichas: "La
ciudadela de Jaca, mandada a construir en el siglo XVI por Felipe II, causa
admiración por su forma pentagonal. Sólo existe otra similar en
Lieja (Bélgica)". Pidió chuletillas de cordero con patatas
fritas. Divagó sobre la posibilidad de retrasar la salida de mañana
para visitar la catedral románica. Observó discretamente a las
dos extranjeras pelirrojas que ocupaban una mesa próxima a la suya. Parecían
muy felices.
Regresó al albergue muertito de sueño. Al pasar por recepción
le saludaron con sus más joviales sonrisas las dos jovencitas voluntarias
que ejercían de hospitaleras. La más gordita le habló:
- No haga usted mucho ruido, caballero, que ya están acostados casi todos.
Sólo faltan las americanas.
- Sí, sí... —respondió también en un susurro—
dejé todo dispuesto antes de irme a cenar. Pasaré sólo
un minuto a cepillarme los dientes y enseguidita me acuesto.
Don Santiago estaba hecho un lío gordísimo. No encontraba nada
en la mochila; se le escapaban las cosas de las manos con el consiguiente follón,
no dejando conciliar el sueño al resto de sus compañeros de dormitorio.
Tres ciclistas, que ocupan camas próximas a él empezaron a mosquearse.
Buscando el tubito de pasta dentífrica le apareció un abridor-cucharilla-cuchillo-tenedor
de campaña liado con los cordones de repuesto de las botas. El frasco
de Betadine abierto había hecho que se derramase su contenido sobre varias
prendas y el mapa de ruta. Para colmo, la cremallera del saco de dormir se había
atascado, y por la noche refrescaba en los Pirineos. Se le cayeron un montón
de monedas al suelo. Invirtió cerca de quince minutos en localizarlas,
pues a la linternita se le estaban agotando las pilas y no proyectaba la luz
suficiente. Adelardo, que entraba en ese momento, se preguntó qué
haría aquél tipo tan raro andando a gatas por el dormitorio.
- ¿Necesita ayuda, señor?
- No, gracias, ya estoy terminando.
- ¡Hablen más bajo! — Gritó un ciclista ofendido.
Decidió cortar por lo sano. A la mañana siguiente se organizaría
mejor. Chapuceó el desperfecto del saco de dormir cerrándolo con
imperdibles. En un descuido dejó caer el bastón al suelo, impactando
estrepitosamente en las baldosas. Se oyó una voz procedente del otro
extremo del dormitorio:
- ¡Basta ya de escándalos!, ¡queremos dormir!
Don Santiago identificó la voz enseguida.
- ¡Lo que faltaba!..., ¡“ella” otra vez!
Elenita apaciguó a su venerable aubela:
- Abuelita, no le des importancia; intenta dormirte, por favor.
Adelardo no quería dejar pasar la ocasión de ser solidario. Si
alguien le necesitaba, él siempre estaría dispuesto a servirle.
Además intuía que aquél hombre estaba pasando verdaderos
apuros.
- ¿Seguro que no necesita ayuda, señor?
- ¡¡ QUE NO, COJONES !!
Doña Virtudes saltó como un resorte de su cama:
- ¡Pero bueno!... ¡¿En esto se ha convertido el Camino de
Santiago?! ¡¿Es que ya no vienen más que gamberros y pecadores?!
Los ciclistas soltaron una retahíla de maldiciones. Adelardo corrió
acoquinado a su cama, olvidándose de cepillarse los dientes. Él
también había reconocido la voz de la anciana del bastón
y se le encogió el ánimo; él, que nunca se metía
con nadie, tenía dos enemigos en aquel dormitorio: la señora loca
del tren y el energúmeno que no se dejaba ayudar.
Don Santiago se hizo una reflexión pesimista: “¿Y qué
mal he hecho yo para que me toque dormir entre gente tan rara?... Y además
¡aquí huele fatal!” (Era el “reflex” de los ciclistas).
Optó por no mover el bastón del suelo para que no se cayese otra
vez. Introdújose los taponcitos de cera en los oídos y... ¡Dios,
se había dejado la toalla y el bote de gel en la ducha! ¡Mierda!...
y la linterna que ya no iluminaba nada. Si se le ocurría encender la
luz... ¡buenoooo...!. Cruzó a tientas el dormitorio, tratando de
localizar la puerta de la salida. Recordaba que, al traspasar esa puerta, a
su izquierda, estaban los aseos y las duchas.
Adelardo observó asustado la sombra en calzoncillo blanco que pasaba
junto a su cama.
Don Santiago alcanzó gloriosamente la puerta, giró la manecilla
y... ¡plaf!, la puerta se volvió contra sus narices; había
sido empujada desde el otro lado. Jennifer y Winona lanzaron sendos gritos,
pero al momento rieron histéricas al comprobar que aquella mole en calzoncillo
blanco había sido objeto de su agresión inconsciente. Doña
Virtudes amenazó con liarse a bastonazos con todo el mundo. Los ciclistas
se incorporaron de sus camas automáticamente, implorando “un respeto
para los que queremos dormir”. Adelardo ocultó la cabeza en el
saco de dormir, como cuando era un niño y temía a cocos y brujas.
Las hospitaleras acudieron en plan de pacificación.
- ¡Tranquilicémonos, por favor, que ya es la hora de dormir!
- ¡Serenidad, por favor, compórtense como peregrinos!
Cinco minutos después se hizo la calma. Veinte minutos después
reinó la desesperación:
Nadie lograba conciliar el sueño menos uno: Don Santiago, que roncaba
como una locomotora antigua a su paso por un túnel.